lunes, 12 de marzo de 2012

MI HIJO Y YO. Cuestión de principios



Francia, a través de los ojos del Philippe Guillard, manda un recado de amor paterno-filial en el que la moraleja no es otra que la de dejar crecer a los hijos potenciando sus aptitudes y no castigando sus limitaciones.

Jo Canavaro (Gérard Lanvin) procede de una larga dinastía de jugadores de rugby y quiere que su hijo, Tom (Jérémie Duvall), continúe con la tradición. No obstante, al crío parecen interesarle más las matemáticas y, sobre todo, desinteresarle las riñas con su padre.

Guillard, ex jugador de rugby profesional, cuenta que observó una historia parecida en un partido al que asistió con su hijo. Buena base para un guión sencillo y nada artificioso que busca ser amable con quien quiera disfrutarlo.

El reparto lo conforman otras viejas leyendas de este deporte: Lanvin, en el papel de este robusto y gruñón padre viudo de hijo adolescente; Olivier Marchal, anotando el humor en pequeñas dosis; y Vincent Moscato en la que es, sin duda, la mejor interpretación del film. Un gran equipo de hombres de sentimientos torpes y gran corazón, tal vez rozando el estereotipo, aunque salvados por el dibujo sus imperfecciones y defectos.

Bien es posible que la apuesta del realizador haya sido arriesgada; sin embargo, la jugada le ha salido redonda. Los actores se notan a gusto con sus roles y con la historia, lo cual ofrece al espectador una verdad que tal vez de otra manera, hubiera sido más complicada de conseguir.

La historia se desarrolla en un contexto humilde, sin grandes pretensiones y ningún aire de grandeza. Sin embargo, personajes como el de Pompón (Moscato), hacen de ella un conjunto entrañable y con ciertos matices dignos de ser recordados, como es el caso de la imposibilidad de marcharse que trae de cabeza a este individuo que camina equilibrado entre la estupidez y la genialidad.

A esta cinta pueden extraérsele momentos extraordinariamente cinematográficos. Nos referimos a momentos en los que relucen inmensamente más y mejor las imágenes que las palabras. Destacan con mayor intensidad las escenas habitadas solamente por los dos protagonistas, padre e hijo, muy convincentes en sus interpretaciones y con un valor emocional que subyace en todo lo que no se dicen, y no en las palabras que sí logran decirse. Ayuda una fotografía perfectamente estudiada y cuidadosa, que deja que la acción transcurra sin ponerse un plano más o menos bonito de por medio. Esto está realmente bien y se echa mucho en falta en bastantes producciones actualmente.

Es inevitable apreciar la amabilidad que supuran argumentos como éste. Los valores son un abecé de la familia y el deporte: honor, lealtad, competitividad... Es posible que a este film le falte garra o un poco de mala intención, más allá de unos antagonistas simplones y lineales que apenas aportan. Simplemente, esto ayudaría a que el peso aumentara y la cosa se quedara en algo más que un buen sabor de boca. En cualquier caso, ya hemos dicho que la ambición de Guillard no parece ir más allá que reflexionar sobre la comunicación en un caso como este, el de un padre que no conecta con su hijo y le cuesta expresar y aceptar sus sentimientos y sus limitaciones.

De nuevo, recibimos el balón de nuestro país vecino, tal y como ya lo hicimos con Intocable, y tratamos de aliviar nuestras penas con una trama saludable para los sentidos. Hay que aprender a aceptar lo que nos viene.


Lo mejor: el personaje de Pompón.

Lo peor: la lección de moral sería más contundente con unos antagonistas que pusieran a los protagonistas en aprietos mayores.

Nota: 6.5


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